Crudo

Somos pobres. Vivimos de lo que nos da la parcela y éste año lo único que se dio bien fue el choclo. Así que la Ermelinda empezó a trabaja de vez en cuando en un negocio de por acá cerca y yo, por mi parte, me dí a la siembra y al desmalezamiento de predios.
 
Pensábamos que todo empeoraba aún más cuando se nos enfermó el abuelo. Empezó con dolores al estómago y con una estitiquez que lo tenía pálido y ojeroso. Eso hasta que se soltó. Lo agarró entonces una diarrea de esas que le llamaremos con permisito de usted, patrón, bíblica.
 
Negándose a ser acompañado por nadie más que por el Arturito, partió el viejo una mañana donde el médico del pueblo. Llevaba un frasco bien envuelto con un paño metido en el bolsillo de su chaqueta.
 
Serían como las doce y media cuando los vimos aparecer entre las nubes de polvo del camino. En realidad vimos al Arturito, quien corría a más no poder. Cuando estuvo a cien metros gritó abriendo bien la tarasca:
 
-¡APÁ, EL ABUELO CAGA PETRÓLEO!
 
No es que fuéramos desconsiderados, pero debo confesarle que esa vez nos carcajeamos harto con la Ermelinda. Pensábamos que era una de esas ocurrencias de cabro chico. Pero no.
 
El veterano cuando llegó donde nosotros, con el sombrero en una mano y la otra ocupada en secarse la transpiración que le anegaba el cuello, apuntó, masticando la pena:
 
-Es cierto.
 
De su bolsillo sacó el papel algo maltrecho de la receta y me la extendió. Dijo que tenía que tomar esas pastillas mientras se conocía la naturaleza de la enfermedad. Luego, a duras penas, se fue a su pieza.
 
No pudimos dormir esa noche pensando en cómo íbamos a comprarle los remedios.
 
Al día siguiente, mientras me lavaba, vi por la ventana del baño a la comadre Yessenia. Traía un par de enormes canastos consigo. Como no quiera la cosa nos habló del tiempo, de los políticos tan ladrones, de unos almácigos que le salieron todos infectados… hasta que llegó a la pregunta que la había traído luego de años de ausencia.
 
-¿Es verdad lo que dicen del Medardo?
 
Yo miré al Arturito que se encogió de hombros.
 
La Yessenia sólo fue la primera. Esa misma mañana aparecieron mi compañero de parrandas Dago Mena, la hija del panadero, la Leo,  el Dámaso y sus cuatro críos, la Gina, esposa de don Peter - el eterno candidato a alcalde del pueblo-, el presidente de la Asociación de Rayuela, don Reginaldo, y, cuando estábamos almorzando, un periodista del diario La Flecha.
 
Con
cada uno de ellos tenía que salir cual guía turístico con destino a la pequeña rancha del abuelo al fondo del patio.
 
Ahí estaba el viejo en su cama revuelta hablando incoherencias, luciendo su cara de enfermo de las muelas sin estarlo, con una fiebre que le comía la cuenca de los ojos y una flacura que comenzaba ya a notársele en las costillas y la quijada. Respiraba quejumbroso mas, de pronto, se levantaba de un salto, y partía como un rinoceronte a apagar un incendio, aunque él iba derechito al baño.
 
Lo peor es que más de uno quería ver eso… lo del petróleo.
 
Bueno, no soy desagradecido, también ocurrieron cosas buenas: cada uno de los visitantes traía su engañito, ya sea un kilito de papas o de arroz o, simplemente, como al pasar, dejaban su billetito loco encima de alguna mesa. Por lo menos eso nos sirvió para ir tirando y comprar las medicinas.
 
Con la Erme creíamos que la locura iba a durar un par de días cuando mucho. Nica. Al tercer día llegaron los de la tele en una camioneta con una antena gigante. Venían como diez personas que apenas pusieron pie en tierra empezaron a tirar cables por todos lados y a encender unos focos que lo enceguecían a uno. Justo cuando me comenzaba la picazón de la oreja izquierda señal que la rabia pronto me iba a nublar entero, el gallo que mangoneaba al resto -uno pelado y con barba de pirata- se me acerca. Hizo una finta como de sacar un arma del pantalón, cosa que me hizo agachar y ponerme en guardia, pero lo que sacó fue un turro de billetes así de éste volado.
 
Agaché el moño y lo llevé donde el abuelo. Luego fui a mostrarle a la Ermelinda los papelitos.
 
Bueno, como le decía, si ya la cosa se puso ajetreada antes de la tele, imagínese después. Era de ver la tremenda cola que se formó. Había en el lote desde temporeras hasta jugadores de dominó, desde diputados hasta estudiantes en plena cimarra, desde putas hasta señoras catequistas, desde  perros hasta bueyes… No le miento, oiga, si la  fila daba como tres vueltas alrededor de la casa y dicen que el último fulano tenía metidas las patas en el estero que está como  a ocho kilómetros de aquí.

 

Una de esas noches tuve una pesadilla. Soñaba que una tarde volvía a la casa y que alrededor de ella había más arbustos que los habituales. Cachudo, me acerqué a inspeccionar. Cual no sería mi sorpresa cuando le di un manotón a unas ramas. Debajo había un tremendo tubo que no me costó nada darme cuenta que conectaba a una camioneta de la TEXACO y el cu…, bueno, ya se habrá dado cuenta qué. O sea, los cabrones de la petrolera estaban… ¡explotando al abuelo!

 

A la mañana, por sugerencia mía, empezamos a cobrar entrada.

 

No sabe cómo nos cambió la vida. De ser atorrantes pasamos a ser atorrantes con plata. Esto es, refaccionamos la casa de pe a pa: Recubrimos las paredes de ladrillos princesa; compramos muebles finos, de multitienda; la llenamos de artefactos muchos de los cuales no sabíamos ni usar…Además, nos vestimos con ropa nueva desde cabeza a los pies; al contado adquirimos un tractor pa’ faenar la tierra. 

 

En tanto, el caballero seguía de mal en peor. Vivía varado en su camastro y  de lo flaco que estaba se le marcaron los dientes en las mejillas. Y eso que la Erme  a cada rato le llevaba humitas, pastel de choclo… Todo lo devolvía hecho petróleo. Yo, la verdad, no le daba muchos días en éste mundo.

 

Una tarde apareció un médico gringo, de esos medio encorvados, de lentes gruesos y con las manos atrás. Venía con un traductor. Este nos informó que el doctor Garrison tenía un caso a su haber y que el tratamiento consistía en simplemente prohibirle a don Medardo cualquier alimento en base a maíz, pues este al incorporarlo a su organismo... Bueno para qué lo voy a latear.   

 

Santo remedio.

 

A los días el viejo se recuperó. Una tarde apareció en el comedor con un sombrero de ala ancha y vestido con un impecable paletó crema. “Voy a celebrar mi reingreso a  la vida”, nos dijo, guiñándonos un ojo. Y partió nomás.

 

 

 

Como a los cuatro días volvió. Venía más curado que un piojo y de su ropa le quedaba apenas un pantalón embarrado y una camisa llena de manchas de rouge. “Me tiré tres putas al hilo”, nos confesó cachetón antes de caerse y quedarse a dormir la mona sobre el parquet de la cocina.

 

No, no si la historia no acaba aquí, caballero. Espérese un resto.

 

Yo, con sinceridad, soy  re’ matao para los negocios. Para hacérsela corta: me estafó mi compadre Dago y prontito estaba con una mano por delante y otra detrás.  Hasta el tractor tuve que devolver.

 

Cuando sentía otra vez los aleteos de los buitres del hambre sobrevolándonos pasó que el viejo volvió a caer enfermo. Y esta vez si que le salía petróleo…

 

Nada difícil me fue hallar la razón de la recaída.

 

Una mañana me escondí tras la puerta de la cocina. Al rato entró la Erme y se puso a laborar. Tuve un presentimiento cuando la sentí prender la licuadora. Aguardé todavía un rato más y torcí un poco el cuello y vi como vaciaba el choclo muy molido en la ollita especial destinada al abuelo.

 

-¡ERME!-le grité.

 

Ella se echó a llorar y soltó el vaso del armatoste que quedó hecho puré en el piso.

 

La abracé. Las lágrimas comenzaron a correrme por la cara.

 

-Tú siempre pensando en lo mejor para la familia- le dije.

 

 

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