La escultura

Aquilino, con su medalla de Martín de Porres colgada al cuello, y un desgalichado carretón doblándole la espalda, recorría la ciudad recolectando cartones. Un día al fondo de un colmado basurero descubrió una pequeña escultura de ojos exaltados y de cuyo labio colgaba un aro de cobre. Supuso que era africana por lo que había visto en la tele. La llevó consigo a su miserable casita construída de maderos carcomidos, frazadas fétidas y planchas oxidadas de zinc. Arrebozó la escultura con unos papeles viejos de periódico y la dejó en el suelo, pensando en que ya sabría lo que hacer con ella. A la mañana siguiente descorrió la cortina que le servía de puerta y vio unas chozas hechas de ramas en la que se divisaban mujeres negras muy flacas, de senos larguísimos, dando de mamar a niños de vientres hinchados y caras cubiertas por las moscas. A su lado se hallaban negros con collares de hueso en el cuello y mirada torva. Luego de unos minutos de perplejidad, Aquilino, dio unos pasos hacia el exterior, presintiendo que, en realidad, no le sería difícil acostumbrarse a esa nueva realidad. Pero afuera le aguardaban las mismas montañas de desperdicios del basural donde vivía. "Debe ser el hambre", se dijo, mientras los mosquitos le bajaban a los pómulos.

|

Comentarios

Thanks for another informative web site. The place else may I am getting that kind of info written in such an ideal method? I've a venture that I am simply now operating on, and I have been on the glance out for such info.
Responder

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

Comentarios recientes

Cerrar