Ceremonias

El viento hace tambalear los arbustos del patio del regimiento.

Soportando sus embates un conjunto de soldados. Dos de ellos están enfrente. Uno: gordo, de cejas adustas, acezante; el otro: rostro cuadrado, labios insolentes y mirada aguda.

Sobre el silbido del viento se oye, repentino, el redoble de unos tambores.

El gordo eleva recta su mano derecha y apoya sus dedos sobre el hombro del soldado que está quieto como una estaca. Da un tirón y se queda con la primera charretera cuyos flecos flotan enredados antes de perderse en su puño. Luego la echa sobre una bandeja dorada. Así, hace con todas. Con la misma eficiencia va arrancando ahora las insignias que llevan siempre consigo grandes lonjas de género. Cuando el hombre se halla desnudo, éste ya ha perdido toda su apostura y su cara refleja unos ojos anodinos, estúpidos, su espalda está visiblemente arqueada y sus brazos cuelgan largos y exangües. De pronto, emite un chillido, corre grotescamente y se sube a un árbol donde come con avidez de sus piojos y luego salta a la rama de otro mucho más lejano.

Los tambores cesan.

El soldado gordo, por su parte, se queda con la última insignia que extrajo — la que señala a su portador como miembro del género humano— en la palma de su mano diestra, esperando. Segundos después, aparece un militar portando una jaula con un mono pequeño dentro. Entonces, se oye la música de un orfeón que entra a paso lento, tocando alegres polcas y mazurcas, como dando por hecho que ese peludo ser llegará muy alto en la carrera que ahora inicia.

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