El mayordomo de Agatha Christie

¿Con quién cree usted que habla?
¿Que yo era tonto, eh? ¿Que era la reencarnación del torpe inspector Clouseau de “La pantera rosa”? ¿Qué tengo menos olfato que un paraguas? ¿No? ¿Qué no hallaría una pista ni en el aeropuerto? ¿Ah? Pues, déjeme decirle, comandante Luna que, el alcornoque de exposición de esta unidad, acaba de atrapar al astuto y sanguinario Jim Macwire. Sí, como lo oye… Sí, Macwire alias “Trituraduodenos Billy”, alias “El garrote con púas Pepito”, alias “El amigo de tu madre”, alias “El bolero fatal Joe”, alias “El yogurt de cucarachas Sam”, alias “El Guayo”… A ese grandísimo rufián, esposado e inconsciente, lo tengo ahí afuera, en el asiento de copiloto de la patrulla. Es asunto de descorrer la cortina de la ventana y… ¡NO!, ¡NO PUEDE SER! ¡Se llevó hasta la…! Esteee, comandante,… le parece ¿Jim “El auto fantasma” Macwire?

Un tipo entrañable
De ninguna manera soy un descuartizador despiadado, inspector. Ante usted está un hombre cualquiera, un ciudadano más. Porque, ¿dígame sino es una acción común el guardar el mechón de pelo de la mujer amada? Ah, veo que también usted lo ha hecho. No lo culpo. Yo igual sólo que a esa preciada posesión he agregado ojos, riñones, vísceras, omóplatos… No, no, no… tiene razón. No soy un sujeto normal: un romántico. Sí, señor, el mayor de los románticos. Defíname así.

Bajo sospecha
Arbitrio Tumefacti nació con cara de sospechoso. Con las cejas alzadas, las pupilas en constante movimiento y las mejillas intensamente lívidas toda su vida fue objeto de castigos injustos. ¿Quién sino Tumefacti podía ser el autor del robo del auto de carreras Match- box de Arturito? ¿Acaso otro era el responsable de la adulteración del libro de clases? Con esa carita…Ya, de mayor, se vio envuelto en una enorme cantidad de delitos. Por el último de los cuales (robo a mano armada a un banco) fue condenado a veinte años de presidio. Llevaba tres años recluido, cuando se comprobó su total inocencia, recibiendo una millonaria indemnización. Lo primero que hizo con el dinero en su poder fue pagarse una completa operación estética. Ahora luce las facciones de un gris funcionario de la administración pública, pasando por completo inadvertido entre la gente. Sus padres a veces lo sorprenden mirando el noticiario de la televisión con los ojos húmedos. “Rememora tanto dolor vivido”, se dicen, saliendo con sigilo del cuarto. Pero la verdad es que Arbitrio llora nostálgico, pensando: “Que alguien creyese que podía ser capaz de robar a punta de pistola trescientos millones de pesos…”

Texticidio con verbos y sin predicado
Aparicio Díaz era mi bello profesor de castellano. En un recreo me acerqué a él, con toda la ilusión de mis tiernos quince años, y le dije, mirando las baldosas del patio del colegio:

—Sé que usted me ama.

Entonces, le oí decir aquello que lo condenó:

—Señorita, no hay correspondencia entre el sujeto y el verbo.

¿Qué se puede hacer con una rata como esa? Pues, se le aplica su complemento directo: al queso que él consumía abundantemente en su desayuno le puse veneno.

Sí, lo maté, sin que nadie nunca sospechara de mí.

Pero aquello es pasado. O mejor dicho: pretérito perfecto.
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