Rosa intenso

Con la mano en el pomo de la puerta, oyó la frase melodramática de rigor que Lisette no podía dejar de pronunciar, casi al borde del llanto:

- Aunque lo dudes, Claus, he dejado en ti una marca imborrable...

Él hizo una mueca sardónica y, sin despedirse, abandonó el cuarto y a esa heroína de novela rosa para siempre.

“Una más”, se repetía cuando bajaba las escaleras, jugando con las llaves del convertible que Lisette le había regalado.

Tiempo después, en un bar, detectó las insinuantes miradas que le prodigaba una rubia de pechos generosos. Con la cancha de costumbre se le acercó y luego del chiste táctico habitual, se sentó a su lado y la envolvió con su conversación salpicada de anécdotas divertidas e inventados logros financieros. Ella lo miraba con arrobo.

Ya, al segundo trago, la mujer, lo invitó a su departamento.

Una vez dentro, Claus, la besó largo y manoseó sus senos a través de la blusa. Ella lo contuvo.

-Antes, cariño, me gustaría ver cómo te desnudas.

Halagado, él no se hizo de rogar y, dándole un leve empujón para que cayese sobre la colcha, comenzó a desabotonarse la camisa, casi oyendo las estridencias de la música de un stripper en labor.

Al exponer por completo su torso, Claus, cerró excitado los ojos por unos segundos. Así, no pudo advertir cuando ella extrajo el arma de debajo de la almohada y se aprestó a darle tres certeros tiros.

Había reconocido en su hombro, la marca.

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